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ES Curso- Mudo, sordomudo, sordo: viejas pócimas y nuevas denominaciones - Descargar Gratis PDF




1. Introducción
La cita con que comenzamos, extraída del primer libro que estudió
y describió la gramática de las lenguas de signos, Escuela Española de
Sordomudos o arte para enseñarles a escribir y hablar el idioma
español (1975), puede parecer de una ingenuidad propia de las
primeras historias de ciencia ficción; pero no es así. Por una parte, la
relación histórica de la sordera con los telescopios, es una relación
más científica que ficticia, como veremos al final de estas páginas; y por otra, esta imagen del sordo como un extraterrestre refleja el
asombro que despertaron estos seres, para decirlo en los términos que
entonces se usaban, indiferentes a su deficiencia e inmersos en una
lengua radicalmente diferente, una lengua sin lengua, en los oyentes
ilustrados
2
.
Considerar la lengua manual una lengua de otros mundos era sin
duda una mitificación, pero no muy diferente a la que hacía mudos a
los primeros hombres, idea que se atribuía a Diodoro de Sevilla y que
fue adoptada por Vitrubio, por Richard Simon, y por Locke (Lázaro
1985: 57-58); o a la que en recurrentes versiones dieciochescas del
mito babélico se representaba el castigo divino como imposición de
una mudez universal. La idea de que Dios castigó el orgullo de Babel
con la falta de oído (no con la mudez) proviene del Génesis, 11:7
(“Venite igitur descendamus, & confundamus ibi linguam eorum, ut
non audiat unusquisque vocem proximi sui”), pero la interpretación de
esta sordera como mudez es propia de la Ilustración. Veinte años antes
de la Escuela española, en sus Memorias para la historia de la poesía
y poetas españoles, de 1775, el padre Martín Sarmiento explicaba así
el origen de la diversidad lingüística:
“En la hipótesis de que Dios hiciese mudos a los que concurrían a la
torre (...) se descubre, a mi ver, un espacioso campo para la
formación de todas las lenguas del mundo naturales (...) La intención
de Dios era que se poblase el mundo, y para esto eran bastantes los
cuatro sentidos que les dejaba. Si  ese castigo se extendiese, no más
que hasta la tercera generación  después, cada sociedad de esos
prófugos y vagos formaría una nación de bárbaros, y esos formarían
su lengua peculiar, bárbara, sí, pero muy natural, cual es el lenguaje
de los niños, de los mudos y de todos los que sólo se entienden por
señas” (1775: 245).
                                                         
2
 José Miguel Alea, el mismo año de 1795, escribe que a los sordos “les
sucede en la sociedad en que nacen, lo que le sucedería a un navegante que
naufragase en la costa de un país habitado de salvajes, cuyo idiomas
desconociese. Pero todavía no es enteramente exacta la comparación porque
éste oiría el sonido de las palabras, y llegaría con el tiempo a combinarlas de
modo que las entendiese” (Alea 1795: 260). Años más tarde, el mismo Alea
compara la situación entre un sordo y un oyente con la de “dos almas
separadas entre sí por un grande intervalo de siglos” (Alea 1807: 255). Por
su parte, L’Epée los había calificado de “autómatas” (Alea 1795: 324), para
referirse a su estado antes de la instrucción, apelativo que es recurrente en
Sicard: “máquinas organizadas (...) automatos (...) automato con vida, estatua
(...) maquina ambulante” (Alea 1803: 46, 49, 50).

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